A lo largo de mi juventud, constantemente me preguntaba qué era lo que hacía que un hombre fuera una buena persona, un hombre ejemplar. Al no contar con referentes con quienes pudiera conversar y hacerles estas preguntas tan simples, pero al mismo tiempo tan complejas para mí, tuve que recurrir a la literatura.
Después de cientos de obras sobre crecimiento personal, masculinidad, arquetipos, misión de vida, familia y muchos otros temas, comencé a encontrar ciertas respuestas. No todas, pero sí algunas.
Dicen que todos los caminos llevan a Cristo. Así fue como llegué a la historia más bella jamás contada. Sin entrar en el aspecto religioso como tal, quisiera concentrarme en un concepto que atraviesa toda su vida: el sacrificio y el enorme significado que tiene en la historia de Jesús, aquel hombre que cambió por completo el rumbo de la humanidad.
Antes de adentrarme en la Biblia, comencé a descubrir que una de las características más importantes que distinguían a un hombre era la responsabilidad. Asumir el peso de una situación, en cualquier ámbito, buscando siempre el bien de los involucrados sin perjudicar a otros, me parecía uno de los atributos que mejor representaban esa masculinidad que llevaba años buscando comprender.
Pero, de repente, una palabra comenzó a instalarse en mi mente: sacrificio. Tan bella, tan potente y tan cargada de significado.
«Acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor.»
La palabra tiene diversos significados. Sin embargo, hay uno que me parece de los más exquisitos de nuestro lenguaje: renunciar a los propios intereses por el bien de otros, impulsado por el amor.
¿Qué acto más humano, más humilde y más bello podría existir que el sacrificio? Entender que aquello que da sentido a la existencia puede ser precisamente sacrificar una parte de uno mismo por un bien mayor, por los demás, dejando atrás el ego.
Y aquí es donde entra la historia a la que hago referencia. El mayor sacrificio de la historia de la humanidad. Un hombre que renunció a todo, aceptó la humillación y padeció los peores males de este mundo únicamente para ofrecer la salvación a los demás.
Si lo analizamos, muchas de las historias que más nos conmueven comparten precisamente esa estructura. El héroe, en el clímax de la historia, descubre que no podrá cumplir su misión a menos que se sacrifique. En un acto de humildad, decide hacerlo y son otros quienes reciben los frutos de esa decisión. Deja el ego de lado y entrega aquello que más valor tiene: él mismo.
Pienso que, en el fondo, muchos hombres nos sentimos profundamente inspirados por esas historias porque intuimos que una vida entregada al bienestar de los demás posee un significado inmenso. Creo que muchos estaríamos dispuestos a realizar ese sacrificio con tal de ver a nuestros seres queridos sonreír, crecer o vivir mejor.
Hay algo profundamente masculino en el sacrificio. Leerlo, escucharlo, presenciarlo o vivirlo despierta algo difícil de describir. Es una idea que cada día atesoro más.
-Adrián de la Vega.


