«¿Hablar de mis sentimientos? Ni que fuera gay» La crisis mental de la masculinidad moderna

Esa fue la respuesta de una persona con la que estaba hablando cuando le aconsejé que era importante buscar a otro hombre para hablar de las cosas por las que estaba pasando.

Esto no es una crítica ni pretendo exhibirlo. Su respuesta simplemente ejemplifica algo que sufrimos muchos hombres hoy en día.

La incapacidad de transmitir nuestros sentimientos a otros hombres.

Así definiría esta problemática.

Nos hemos acostumbrado a lidiar con nuestras emociones negativas completamente solos y aislados porque nos convencieron de que abrirnos era una señal de debilidad o, peor aún, «de gays».

Ahora tenemos a toda una generación de hombres solitarios, lidiando con problemas de salud mental, desconectados del mundo y, en muchos casos, sin un propósito claro.

Pero respuestas como la que menciono arriba dejan ver un problema mucho más profundo y complejo: lo poco habitual que resulta para un hombre contar con otros hombres para expresar lo que siente.

A lo largo de los años, muchos cambios económicos, sociales y laborales han transformado profundamente el rol del padre.

En épocas no tan antiguas, los niños pasaban mucho más tiempo con sus padres, abuelos, tíos y otros hombres de su comunidad. Aunque la madre seguía siendo una figura central durante la crianza, existía una presencia masculina mucho más constante que transmitía valores, límites y modelos de comportamiento. Eso ha cambiado bastante.

Hoy, muchos padres tienen que salir a trabajar durante jornadas interminables y vivir bajo altos niveles de estrés. Al final del día apenas queda energía y, muchas veces, solo están realmente disponibles durante los fines de semana. Incluso entonces, el cansancio suele ganar la batalla.

La crianza pasa en gran medida a ser responsabilidad de la madre. No pretendo criticar eso. Sin embargo, esa ausencia masculina durante los años formativos puede materializarse más adelante en distintas dificultades para el desarrollo de la personalidad.

Tampoco pretendo desmerecer el enorme papel que cumplen las madres. Al mismo tiempo, creo que muchos hombres crecieron sin suficientes referentes masculinos sanos.

El problema no consiste únicamente en las pocas horas que muchos padres pasan con sus hijos. También radica en que, con frecuencia, no cuentan con herramientas para ejercer ese papel de la mejor manera.

Pienso que una parte fundamental del rol paterno consiste en ayudar a romper esa burbuja infantil sobre cómo funciona el mundo. Preparar a un hijo para aquello que enfrentará cuando crezca y enseñarle a gestionar estados emocionales que inevitablemente aparecerán alguna vez: frustración, enojo, confusión, miedo, dolor o fracaso.

Hoy muchos hombres no saben cómo procesar esas emociones e intentan deshacerse de ellas mediante todo tipo de actividades que, en muchas ocasiones, terminan siendo más perjudiciales que beneficiosas.

Vemos hombres que nunca dejan atrás ciertas etapas de la adolescencia o de la juventud para asumir responsabilidades y convertirse verdaderamente en adultos.

Parte de ese fenómeno puede atribuirse a la pérdida de los llamados rituales de iniciación, aquellas actividades que durante siglos realizaban los hombres para marcar el paso de una etapa a otra y transmitir responsabilidades, valores y pertenencia.

Si a todo eso sumamos la crisis económica, los constantes ataques hacia la masculinidad tradicional, la confusión sobre qué significa ser hombre en nuestros días y los cambios en el comportamiento humano provocados por la tecnología, tenemos la receta perfecta para una generación de hombres que carga demasiado peso sobre sus hombros y no tiene con quién hablar de ello.

Pienso que la solución pasa por empezar a cuidarnos entre nosotros.

Crear círculos virtuosos, construir relaciones con propósito, ayuda mutua, compañerismo y acompañamiento.

No resulta sencillo porque implica aceptar que quizá necesitamos una amistad distinta de la que normalmente construimos con otros hombres. Significa comenzar a abrirnos, mostrarnos vulnerables y aprender también a escuchar sin juzgar.

Pero creo que esa es una parte importante del camino.

Hay una frase que me gusta mucho: «La masculinidad solo se engendra con masculinidad». No significa que una madre no pueda criar extraordinariamente bien a un hijo. Significa que existen aprendizajes propios de la experiencia masculina que difícilmente pueden transmitirse sin la presencia de otros hombres.

Por más que muchos hombres deseemos hablar de nuestros sentimientos con mujeres y encontrar comprensión y apoyo, no siempre ellas podrán identificarse con ciertas experiencias propias de la vida masculina. Pienso que existe algo especialmente valioso cuando otro hombre, que probablemente ha atravesado cuestiones similares, puede comprender aquello que estás viviendo y ofrecer consejo, perspectiva o simplemente compañía.

Hombres, los animo a cuidarnos entre nosotros. A crear círculos virtuosos, asumir responsabilidad y estar presentes para quienes hoy están sufriendo en silencio.

-Adrián de la Vega.

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