Muchas veces me cuestiono acerca de lo mucho que me gusta estar solo.
Siempre me digo a mí mismo que tengo que socializar más, pero cuando estoy en silencio, sin escuchar la conversación de alguien, me siento extremadamente en paz.
En ocasiones analizo si esto es solo una forma de justificar y escapar de una actividad que mi camino de vida me está pidiendo: crear conexiones y entablar nuevas relaciones. O si realmente mi naturaleza sí es solitaria.
Pienso que podríamos regresar a mi niñez. Siempre, cuando jugaba, imaginaba muchas cosas dentro de mi mente. Esa era mi forma de divertirme: armar mundos mentales que creaba tomando pedacitos de diferentes tipos de contenido que consumía. Agarraba un cacho de un videojuego, otro de una película, otro de un libro y así.
Pero hay algo que siempre recuerdo: en todos esos mundos, el personaje principal estaba solo. Recorría un lugar deshabitado, en búsqueda de algo.
Incluso recuerdo muy bien que me encantaba estar solo en mi cuarto. Siempre que me llevaban a una reunión social, incluso si había más niños, me escondía para jugar solo y evitar socializar.
Sin embargo, conforme he ido creciendo y he obtenido mucho conocimiento a través de las decisiones que he tomado y de la constante soledad a la que he estado expuesto, ha crecido dentro de mí una llama, un sentido de ayuda.
Algo que quiere conectar con otros que están sufriendo, como alguna vez sufrí yo.
Y eso implica socializar, abrirme, dejar que me conozcan. Algo que no he querido hacer durante muchos años.
Sé que es algo necesario para mi crecimiento y para el camino que la vida tiene marcado para mí. Algo de lo que no puedo escapar.
Solo queda rendirme un poco y poner de mi parte para empezar a abrirme.
—Adrián de la Vega


