A lo largo de mi vida, me he comprometido a buscar respuestas a muchas preguntas que el ser humano constantemente se hace. Eso, en consecuencia, me ha llevado a escuchar a muchas personas: lecturas, opiniones, comentarios, conferencias y todo tipo de perspectivas.
Si de algo me he dado cuenta, es de la facilidad con la que una persona puede ser influenciada. En momentos de confusión, debilidad o estrés, cualquiera que se acerque a ti y te «tienda una mano» puede llegar hasta lo más profundo de tu psique con intenciones que no siempre son buenas.
Uno de los rasgos más característicos de estas personas es el carisma. Suelen ser individuos que dominan la labia, el tono de voz o incluso ciertos gestos de afecto. Comprenden tus debilidades, tus heridas y tus puntos de dolor. Después, poco a poco, comienzan a explotarlos.
Otra característica es que creen ser dueños de la verdad. Piensan que pueden juzgar a los demás y que su crítica posee un valor superior. Poco a poco transmiten la idea de que la única verdad válida es la suya. Se obsesionan tanto con esa creencia que terminan convencidos de su propia teoría.
La inteligencia social y emocional suele ser otro elemento fundamental. Estudian muy bien a las personas. Muchas veces, incluso de forma inconsciente, identifican aquello que provoca determinadas reacciones y encuentran la manera de ir entrando, poco a poco, en el mundo emocional de quien tienen enfrente.
Por último, un rasgo muy común es la falta de congruencia entre su mensaje y su vida. Existen individuos que predican una cosa mientras, en su vida personal o en su interior, practican exactamente lo contrario o incluso algo mucho peor.
He encontrado personas así prácticamente en todos los ámbitos: crecimiento personal, religión, trabajo y muchos otros.
Adicionalmente, existen casos mucho más graves de figuras similares que terminaron conduciendo a sus seguidores hacia auténticas tragedias. Basta con observar líderes de sectas como Jim Jones, David Koresh o Shoko Asahara, quienes manipularon a miles de personas, abusaron de la confianza de sus seguidores y terminaron provocando algunas de las tragedias más graves de la historia reciente.
Mi recomendación, y siempre lo ha sido, consiste en ser cauteloso con lo que hacemos con la crítica y con la admiración. No permitas que los comentarios negativos de un tercero te desmoralicen por completo. Tampoco dejes que los elogios te hagan perder el sentido de la realidad.
Además de eso, procura construir un juicio propio. Aprende a razonar sin depender constantemente de opiniones externas. Ten la capacidad de dejar a un lado prejuicios y preconcepciones para poder formar un criterio, tomar una decisión o desarrollar un pensamiento con verdadera libertad.
No escribo esto porque crea que soy inmune a ese tipo de personas. Todo lo contrario. Creo que cualquiera de nosotros puede caer bajo la influencia de alguien así en determinados momentos de la vida. Cuando atravesamos dolor, incertidumbre o soledad, nuestra necesidad de encontrar respuestas puede superar nuestra capacidad de cuestionarlas. Precisamente por eso vale la pena cultivar el pensamiento crítico, mantener cierta humildad intelectual y recordar que ningún ser humano merece una confianza ciega. Escuchar a los demás siempre será valioso, pero nunca debemos renunciar a nuestra propia capacidad de discernir.
-Adrián de la Vega.


