Nota: Este texto es una obra de ficción.
Wicked Game. Tú y yo abrazados y acariciándonos el cabello.
Puse una muralla a mi alrededor mientras trabajaba en mis objetivos. Me alejé de todo lo que conocía como pasado. Pensé que era lo correcto, pero cuando me percaté de lo desconectado que estaba de otros seres humanos y de las relaciones sociales, empecé a cuestionarlo todo.
Mis habilidades sociales habían cambiado. Aunque podía manejarme de forma excepcional en cualquier interacción, me había vuelto sumamente intolerante y acostumbrado a la soledad extrema. Empecé a crearme esta idea en la cabeza de que convivir o participar en actividades sociales era «una pérdida de tiempo» porque no estaba trabajando en mis proyectos. Oh, ingenuo y egoísta yo.
Reconectamos después de una larga temporada sin hablar. Nos dimos cuenta de que la pasión y la atracción seguían ahí.
Me acerqué con miedo, como un animal herido que se prepara para su siguiente batalla. En posición de ataque, como un lobo agachando la cabeza y olisqueando.
Pero, para mi sorpresa, me encontré con un conejo afelpado, manso y lleno de cariño y ternura. Yo estaba listo para morderte ante la mínima intención de tu parte de lastimarme o ante una interacción vacía. Pero recibí un abrazo y una caricia en mis heridas.
Y de un momento a otro, bajé las orejas. Ya no necesitaba estar en alerta ni vigilante. El día a día se esfumó de mi cabeza. Esas rutinas y retos que se presentan constantemente desaparecieron, y lo único que ocupaba mi mente y mis sentidos era el recuerdo de una época anterior, sin esa presión constante de convertirme en alguien y triunfar.
Esta cacería ya la había intentado antes. Siempre entraba mostrando los colmillos, esperando encontrar lo que tuve esta vez contigo, pero la otra persona me arañaba o mostraba sus colmillos de igual forma. Mordía y salía de ahí, de nuevo con una herida más.
Pero esta vez fue diferente. Me reconecté con mi parte humana, esa que aún anhela cariño, conexión, comprensión y cualquier otra cursilería que quieran insertar aquí. Las catalogamos como cursilerías, pero, así sin más, son todo aquello que le da sentido a esta vida, lo que impulsa el arte y la creación.
Gracias. La llama en mi corazón se encendió de nuevo, aunque fuera por unos breves momentos.
—Adrián De la Vega


