Con el paso de los años entendí que hablar de uno mismo solo vale la pena cuando esa experiencia puede ayudar a alguien más. De otra forma, convertir nuestra vida en el centro de todo termina siendo un ejercicio de vanidad.
Este pequeño ensayo, post o como quieran llamarlo, parte de una reflexión difícil, dolorosa y muy personal, pero que pienso que puede ayudar a otras personas.
Así que aquí vamos.
Hubo una época en la que me tragué por completo todas las ideas acerca del desarrollo personal extremo. Creía que la valía de una persona dependía únicamente de sus éxitos profesionales y terrenales. También comencé a tratar las relaciones personales bajo una lógica casi consumista: si alguien te sirve, se queda; si no, se va. Poco a poco me fui aislando casi por completo del mundo social y exterior.
Durante mucho tiempo pensé que estaba tomando la decisión correcta. Sin embargo, todo se derrumbó cuando comencé a cumplir varias metas importantes que me había trazado y me percaté de que no tenía con quién celebrarlas.
Aún recuerdo con tristeza una presentación muy importante que tenía que dar. Acudieron cuatro o cinco personas, y cerca del 80% de ellas estaban involucradas directamente en el proyecto. Una de esas personas seguía insistiendo en que invitara a más gente. Me daba vergüenza decir que no tenía amigos a quienes pudiera invitarlos.
Fue ahí cuando comencé a entender que había estado luchando contra mi propia naturaleza social y que había perseguido algunas ideas equivocadas.
Aunque avanzaba en muchos aspectos de mi vida, cumplía metas, aprendía cosas nuevas y tachaba objetivos de mi lista, seguía sintiendo que algo me faltaba. Y ese algo eran las conexiones humanas.
Comprendí que una de las cosas más importantes de esta vida son las relaciones sanas que construimos. La huella positiva que dejamos en otros y la que otros dejan en nosotros.
El aislamiento extremo, junto con ese enfoque obsesivo en trabajo y metas, comenzó a cambiar mi personalidad. Poco a poco fui creando una máscara fría, una especie de muro alrededor de mí que terminó escondiendo mi verdadera esencia: aquella persona alegre, juguetona, curiosa y creativa.
Y cuando me di cuenta, fue doloroso.
Ya lo temía cuando, en algunas ocasiones, mi madre me decía: «¿Te acuerdas de que de pequeño sonreías mucho?»
Cada vez que escuchaba esa frase sentía que algo se rompía dentro de mí.
Lo más complejo de todo es que estoy casi seguro de que no soy el único hombre que está pasando por esto. Debe haber decenas, quizá cientos, que poco a poco comienzan a enrollarse sobre sí mismos y a construir un caparazón porque no tienen con quién expresarse ni hablar acerca de los problemas del día a día.
Es precisamente por eso que he intentado acercarme poco a poco a otras personas, ofreciendo mi escucha sin pedir absolutamente nada a cambio.
Iré un poco más allá todavía. Esto ni siquiera es un problema exclusivo de los hombres. Es un problema del ser humano.
Hoy preferimos permanecer en la comodidad de nuestras casas, con nuestros aparatos y encerrados en nuestros propios mundos. Pensamos que así nos protegemos, cuando en realidad nos hacemos mucho más daño al dejar de salir al mundo real y vivir experiencias sociales.
Podrás decir que no necesitas a nadie. Que puedes con todo tú solo. Que las personas no te aportan nada.
Pero en algún punto —y de verdad espero equivocarme— ese ego terminará rompiéndose. Entonces descubrirás que eres un ser humano que necesita amor, comprensión, amistad y pertenencia.
Esa es una realidad irrefutable. Forma parte de nuestra esencia.
Mi recomendación es sencilla: haz amigos. Sal. Exponte. Atrévete a hacer cosas incómodas. Conoce gente. Escucha más. Habla más.
Construyamos círculos virtuosos de apoyo mutuo.
Porque, te pongas como te pongas, lo que terminará salvando tu vida serán las conexiones humanas.
-Adrián de la Vega.


