Nota del autor: Estas publicaciones se presentan tal cual fueron escritas, sin ediciones, para preservar la autenticidad de los pensamientos del autor. Agradezco su comprensión ante cualquier error ortográfico o gramatical.
Desde que te vi, supe que lo nuestro era algo prohibido.
O al menos así lo entendía yo, hasta que empezamos a conectar.
A pesar de la diferencia de nuestras edades (siendo yo mucho más joven), nuestras conversaciones me hacían sentir como si estuviera hablando con alguien de mi época.
Y recuerdo mucho esas palabras que me dijiste en nuestra primera cita:
«Eres un alma vieja»
Probablemente por eso congeniábamos tan bien.
Y creo que todas las personas tienen alguna historia que recuerdan como una locura, como si fuera un sueño, pero que atesoran con gran cariño.
Esta es la mía.
Cada paso que dábamos, era como si estuviéramos bailando al son de una balada de amor, sin equivocar alguno de los pasos, y en perfecta sintonía.
Yo te necesitaba a ti y tú me necesitabas a mí.
Yo pasaba por un momento complicado, tú tenías el tuyo.
Pero después de todas esas tardes y noches juntos, cada uno arrancó del otro algo que necesitaba para seguirse construyendo (o reconstruyendo).
Y hubo muchas noches surrealistas, que para mí, parecían sacadas de un libro de Murakami o de Ruiz Zafón.
Algo en la obscuridad de la noche, en las luces y en nosotros, no era de este mundo, era algo que se había escrito por una de las plumas de un escritor famoso, de aquellos que cuentan con un don divino.
La historia se desenvolvía, pero como en cualquier buena historia, no podían faltar los problemas.
Nos separamos abruptamente, y hasta el día de hoy, no sé si fuiste un sueño, una creación de mi mente o si en realidad vivimos juntos esas noches surrealistas.
-Adrián de la Vega.
