Noche de melancolía

Nota del autor: Estas publicaciones se presentan tal cual fueron escritas, sin ediciones, para preservar la autenticidad de los pensamientos del autor. Agradezco su comprensión ante cualquier error ortográfico o gramatical.

Te busqué con un simple mensaje de texto, sin saber que estarías disponible para mí.

Fue como lanzar una caña de pescar a un lago que estaba por secarse.

Pero respondiste y aceptaste que nos viéramos.

Recuerdo recorrer de noche las calles solitarias de la ciudad, desconectado de lo que estaba pasando en mi y a mi al rededor.

La realidad y la ficción se distorsionaban.

El viento me rozaba la cara mientras aceleraba para llegar a ti, pero yo ya no sabía si aquello era un sueño o una ilusión.

Y no recuerdo el trayecto, ya que yo me encontraba en una especie de piloto automático. Mi cuerpo se movía, pero mi mente estaba lejos de ahí.

Me estacioné en frente de tu departamento y cuando bajaste, pude ver una sonrisa en tu rostro, lo que hizo que mi alma tibia se calentara poco a poco.

Tu pelo cubría la mitad de tu rostro, como si quisieras esconder la alegría que estabas sintiendo en esos momentos y cuando subiste al coche, sentí una conexión inmediata.

Discutimos unos momentos cual sería nuestro destino y decidimos ver una película.

Pasamos muchos minutos hablando de temas profundos mientras la película se consumía, sin ser vista o escuchada.

Terminamos abrazados mirando al techo y tu tacto fue lo que me hizo regresar a la realidad, al mundo de los vivos.

Regresé a casa con una sonrisa y con un sentimiento de calidez dentro de mí.

Y por primera vez en muchas noches, dormí tranquilo, en paz.

Nunca nos volvimos a ver y nunca te dije lo que había sentido.

Hasta hoy…

-Adrián de la Vega.

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