Escribo esto mientras escucho 505 de Arctic Monkeys. Sí, la canción más cliché y que seguramente has escuchado decenas de veces, pero creo que podemos coincidir en que el sonido, la letra y lo que transmite la banda nos mueve a todos, o a casi todos.
Además, es una de las canciones que he estado escuchando durante estas últimas semanas y en días muy específicos, en los cuales me he sometido a una terapia de exposición intensa.
La mente del ser humano es muy curiosa. Va creando mecanismos y justificaciones para no enfrentarse a aquellas cosas a las que les tiene miedo, rechazo o que simplemente le generan incomodidad.
Y yo llevaba muchos meses haciéndolo con una actividad en específico que tiene que ver con generar contenido: grabarme.
Pero lo importante no soy yo ni mi actividad. Es aquello que todos escondemos debajo de una alfombra, en el rincón más oscuro de nuestra psique, bajo llave, dentro de un pequeño cofre para que nadie lo encuentre.
Pueden ser diversas cosas: hablar en público, hacer actividad física, socializar, conocer nuevas personas, intentar algo nuevo, etc.
Pero también sabemos, en el fondo, que algunos de nuestros objetivos están entrelazados con la consecución y repetición de aquello que tanto evitamos.
Lo más curioso es que me dije a mí mismo: sólo hazlo. No importa que falles. Si no te expones, seguirás en esta espiral interminable.
Una técnica que ya había utilizado en diversas ocasiones durante mis cientos de entrenamientos en el gimnasio, cuando apenas arrancaba.
Y, sorpresivamente, después de unas cuantas ocasiones enfrentándome a mi miedo, comencé a sentirme más confiado. Las cosas comenzaron a salir bien y pude grabar contenido que me pareció adecuado.
Y comprobé esa teoría que escuchamos una y otra vez, que sabemos que es cierta, pero que casi nunca aplicamos realmente porque siempre decimos: la siguiente vez lo haré.
Y es esta: la vida está detrás de aquella puerta que tenemos miedo de abrir.
No sé cuáles son tus ansiedades ni qué actividades tienes miedo de realizar por temor a la crítica, al fracaso o por cualquier otra razón. Tus sentimientos son válidos. Todos los tenemos.
Pero la vida está después del salto.
Yo sé que tú puedes.
—Adrián de la Vega


