La máscara que nos ponemos todos los días

En los últimos días, me he puesto a pensar mucho acerca de la autenticidad. En ser uno mismo.

He llegado a la conclusión de que muy pocas personas en este mundo son realmente auténticas.

¿A qué me refiero con esto? A que construimos nuestra personalidad a partir de vivencias pasadas, sean buenas o malas. Sin embargo, en muchas ocasiones terminamos construyéndola alrededor de experiencias negativas, heridas y mecanismos de defensa.

Dejamos ver a los demás aquello que consideramos correcto según los estándares de la sociedad. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, vamos perdiendo partes de lo que realmente somos.

Cada día nos levantamos, nos miramos al espejo y, en algún lugar dentro de nosotros, sabemos que no estamos siendo quienes realmente somos.

Pienso en esas sonrisas que teníamos de pequeños. En nuestras risas. En la felicidad que sentíamos pasando horas haciendo aquello que nos gustaba, sin preguntarnos si alguien más lo consideraba correcto, productivo o aceptable.

Hay algo dentro de ti que te dice que te estás traicionando. Que no estás siendo tú mismo. Que te has amoldado a aquello que consideras correcto mostrarles a los demás.

Y, curiosamente, las ocasiones en las que me he sentido más vivo, feliz y libre han sido aquellas en las que dejo de pensar en los demás. Cuando dejo atrás el miedo al qué dirán y me permito ser esa versión auténtica de mí mismo.

Pienso que todos deberíamos perseguir algo parecido: volver a nuestras raíces, a aquello que realmente nos mueve, nos emociona y nos incendia por dentro.

Aunque tampoco podemos juzgarnos demasiado.

La sociedad, nuestro entorno y nuestra rutina muchas veces nos exigen portar estas máscaras para poder “sobrevivir”, encajar y no salirnos de la caja.

Quitárnoslas no resulta sencillo.

Es un trabajo arduo y pesado dejar atrás una personalidad que llevamos años construyendo y alimentando. Una personalidad que, probablemente, en algún momento incluso nos sirvió para protegernos.

Pero quizá llega un momento en el que deja de protegernos y comienza a encerrarnos.

Y detrás de esa máscara se encuentra algo que vale la pena recuperar: nuestra libertad.

-Adrián de la Vega.

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