Ayer soñé contigo

En una etapa de mi vida marcada por una soledad extrema, debido a la gran carga de trabajo que tengo actualmente y al poco tiempo libre que me queda para descansar y perseguir otros hobbies, como la escritura y el ejercicio físico, intenté compaginarlo todo con una relación amorosa.

Dentro de mi rareza y de mi dificultad para congeniar con otras personas, te conocí a ti, una persona a la que siempre le desearé todo lo mejor, pero una que no me hace bien, o al menos no según el concepto de bienestar que yo tengo.

Es triste cuando una persona te gusta demasiado, pero, en el fondo, sabes que las cosas no terminarán de forma correcta y que saldrás lastimado, dejándote una única opción lógica y racional: separarte.

Puede ser que por eso nunca haya desarrollado tanto ese aspecto de mi vida, el amoroso y el de la amistad. El cariño y el amor no son racionales. Son un riesgo enorme y el porcentaje de éxito parece pequeño, mientras que yo calculo todo unas diez veces antes de dar un paso.

Te perdí este mismo año y ni siquiera me di el tiempo de vivir un duelo. Pasé ese domingo tomando un café con mi madre y explicándole, muy por encima, lo que me había sucedido y el porqué de mi tristeza. Ella, como cualquier madre, me dijo: «No me contaste todo, pero, por lo poco que dijiste, creo que hiciste bien». Aunque todos sabemos que una madre siempre le da la razón a su hijo. Por eso no me gusta contarles mi vida personal a mis padres, porque terminan formándose una idea errónea de mi círculo cercano. A veces piensan que son malas personas cuando, en realidad, solo fue la situación.

Y ayer te volví a ver. Personas de mi pasado me atacaron en sueños diferentes. En estos meses, en los cuales he intentado reconectar con personas buscando resarcir ese error que tuve al alejarme por completo de todos y aislarme con el objetivo de cumplir mis metas, entendí algo. Ese aislamiento me costó muy caro y casi me hace olvidarme de mi humanidad, de que soy un ser humano y de que lo más importante son las conexiones profundas que hacemos durante nuestra vida.

En el primer sueño tenía un altercado con una persona en lo que parecía ser un centro comercial y, de la nada, aparecían todos mis ex amigos de la preparatoria para decirme: «Aquí estamos para ti». Aquellos a quienes dejé de hablarles de un día para otro porque consideré que no me aportaban nada. En mi egocentrismo no entendí que no toda relación tiene que aportarte algo ni tiene que ser profunda. Algunas existen solo para reír y hacer la vida más ligera, aunque no haya pláticas profundas. Pero yo los corté de mi vida.

Me sentí feliz al verlos, aunque sabía que solo era un sueño. Todos ellos conocieron esa versión de mí y probablemente nunca conocerán la evolución, los golpes y el rompimiento de ego que he tenido durante los últimos años.

Y, en el segundo sueño, te volví a ver a ti. Lo primero que hice fue darte un beso en el cachete. En ese rostro que tú tanto criticabas, pero que a mí me encantaba. Pensé que sería ideal para nuestros hijos, por nuestras combinaciones de rasgos faciales.

Siempre me gustó darte cariños tiernos para que te sintieras protegida, pero me sentía incómodo porque tus respuestas eran frías. Aun así, ahí estabas tú, tomando esos frappes que tanto te gustaban. Me acerqué a la mesa en la que te encontrabas y te besé. Tú me devolviste una sonrisa forzada.

Habíamos ido a un museo y yo estaba emocionado por mostrarte las fotos que había tomado de espacios liminales, aunque tú no parecías muy divertida. Desperté con esa alarma que me taladra todas las mañanas, recordándome todo lo que me queda por hacer en la vida y que el tiempo se está agotando muy rápido.

Y se acabó. No te vi más. Ojalá existiera otra dimensión en la que fueras un poquito más cariñosa o en la que yo te gustara un poco más. Yo me hubiera quedado ahí y te habría dado toda mi vida. Es lo que siempre he querido: entregarle mi vida a Dios y a una compañera. Pero el Creador y el destino no dejaron que sucediera porque, probablemente, era lo mejor para ambos.

Me gustabas mucho, pero yo no tanto a ti.

-Adrián de la Vega

Artículos Relacionados