Pienso que la tecnología y el contenido que consumimos han hecho que nuestras personalidades dejen de brillar. Cuando todo el mundo ve, escucha y consume lo mismo, es normal que hablen de las mismas cosas.
Pero, de vez en cuando, conoces a personas que realmente te llaman la atención. Que cuentan con una visión diferente del mundo, que cuestionan y que se atreven a poner palabras a muchos de los males que estamos sufriendo como sociedad.
Y en una de esas ocasiones, te conocí a ti. Extremadamente inteligente y culta, a mi parecer.
Un abanico de temas de conversación nos permitía estar horas y horas charlando sin mirar el reloj.
En alguna ocasión te comenté que, como postre, después de mis comidas, me comía un paquete de galletas “tipo Oreo”, que más bien eran una vil copia de la marca Great Value. Las compro por facilidad y costumbre, porque el sabor me resulta familiar, no porque no me gusten las Oreo.
Te burlaste y me dijiste que tenía que dejar de comerlas, que eran “muy malas” y que me comprarías unas que valieran la pena.
En la siguiente cita, me regalaste un paquete de diez galletas Oreo, que saboreamos mientras buscábamos un lugar para cenar.
Nunca te lo dije, pero lo guardé. Para mí, los detalles pequeños e “insignificantes” son, en realidad, regalos preciosos.
Lo lavé y ahora lo tengo en mi cajón, como recuerdo de ese gran día que pasamos juntos.
El destino no nos quiso juntos, pero no importa. Pasamos momentos alegres y bonitos.
Gracias.
P. D. Nunca dejé que me conocieras por completo, como suelo hacer siempre. Probablemente esa fue una de las causas de nuestro distanciamiento.
-Adrián de la Vega


